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Por Manuela López-Mateos Cortés.

 

 

El Istmo de Tehuantepec comparte a lo largo y ancho de su territorio bastantes similitudes. Cada vez que llego, lo primero que me avisa es la flora, esos matorrales a la orilla de la carretera que crecen con el control que la ventolera y el sol dictan o esos inmensos árboles quizá centenarios que se alzan escandalosamente hacia el cielo, pero también hacia los lados, cubren a veces lo ancho de la carretera y asemejan las venas de una placenta…con toda razón es placentero estar bajo ellos. También las palmeras que cada vez que vengo parecen estar despidiéndose del suelo, listas para la fiesta nos dicen adiós al mismo tiempo que delimitan terrenos. Luego, al abrirse la cápsula que me transporta ese golpe de aire húmedo y salado. Dependiendo de la época más frío o más caliente. Camino por la calle, no hay duda de estar aquí al ver a las mujeres moviéndose por doquier enfundadas en sus enaguas y sus huipiles. Y como señal máxima y arrulladora oír el didxazaa (zapoteco o lengua de las nubes) ofertando y aclarando cuanta cosa se deba, esto para mí es el sello de haber llegado a casa. Esas vocales que suben, bajan, se regresan o se cortan y se ayudan de consonantes a manera de signos de puntuación dentro de cada palabra.

 

Esta mañana llegué muy temprano a San Mateo del Mar. El camino ya me advertía un cambio pues al acercarnos aquellos matorrales iban acompañados por claros de arena….arena del Mar. ¡Qué maravilla! En el camino un código de vestimenta altamente reconocido: enagua y huipil corto. Las mujeres Ikoots caminan por San Mateo engalanadas con lo mismo pero diferente. La estructura de su enagua difiere mucho a la de Juchitán, Tehuantepec e Ixtaltepec. Y se asemeja más al de Santa Rosa de Lima y al estilo juchiteco de hace 40 años. Le llaman ‘enagua de cuchillas’ y es una falda circular compuesta de varios trapecios que van de la cintura al tobillo, puede ser de color liso o con tela moteada. La tela de sus huipiles es del mismo color que las enagua, o el tono más parecido y luego…la maravilla: la cadenilla. Irreverencia total en las combinaciones, el caos que toma sentido al posarse en los colores de la tela de base, el orden y la coherencia que llega del arrojo de la experimentación. Tremendamente elegantes. No puedo comprender cómo se ha dado este estilo.

Enagua y huipil Ikoot. Fotografía de Manuela López-Mateos Cortés.

 

Hoy martes es día de plaza, de mercado, de tianguis y mi reflejo es entrar, para mi es lo obvio y me dirijo con toda seguridad, yo también voy vestida de huipil y enagua, vengo de entre la misma especie de matorrales y respiro ese aire húmedo y salado allá en Juchitán. Ese sol incandescente que se alivia sólo con las ráfagas de aire pesado también es el lugar que habito. Sin embargo, al caminar por los puestos percibo que he entrado de raja tabla al laberinto de la otredad. ¿Qué es eso que escucho? Miro bien y me identifico al vernos vestidas, espero también ese tono de zapoteco cuando se convierte en español.. no llega. Camino con los ojos vendados… A diferencia de mi mercado, el que estuvo siempre a unas cuadras de mi casa en la 4ta Sección donde a pesar de no hablar zapoteco siempre entendí lo que se platicaba y lo que se pretendía, aquí estoy en una especie de vacío. Mis ojos como platos y en la punta de mis dedos la sorpresa implantada. Ombeayajts es la lengua de Ikoots y tonalmente no tiene absolutamente nada que ver con zapoteco, tampoco estructuralmente. Nada de nada. El Ombeayajts es una lengua aislada, no tiene relación con ni una otra en el país. El sonido de sus vocales es como un eco contenido dentro de un diminuto tambor y reciben a las consonantes cariñosamente, las hospedan entre ellas como si fueran un refugio y se valen de ellas para columpiar aquellas “es” o “íes”. Ikoots es una población mucho más solemne que Juchitán (donde cualquier ademán es realizado como si fuera a ser documentado en alguna revista de moda) y aún así al hablar da la sensación de que lo hicieran sonriendo.

Enagua y huipil Ikoot en colores combinados. Fotografía de Manuela López-Mateos Cortés.

 

En medio de todo aquello no puedo dejar de notar la vestimenta de las mujeres. Las mujeres Ikoots adoptaron la indumentaria Binisaa (zapoteca) y delegaron el uso de su enredo y huipil tejido en telar de cintura. Lo cambiaron por la enagua de cuchillas y el huipil de cadenilla para el diario. Sin embargo, no solo lo adoptaron, también lo adaptaron. No tengo duda, podría afirmar que vaciaron ahí la esencia de su lengua. Esa manera de dialogar con el color, esa forma de maniobrar la geometría de sus patrones, esa maestría para emanar luminosidad de entre los hilos. Todos esos elementos estéticos tienen el alma en el fondo de la lengua.

Mujer ikoot con huipil de cadenilla. Fotografía de Manuela López-Mateos Cortés.

 

Y entonces me cimbra percibir que las lenguas son dimensiones inmensas y es desde estas dimensiones desde donde nos arrojamos a la vida.

 

También me da terror saber todo lo que se desgarra cuando eres apartado de la lengua que te construye, se viaja errante en este mundo, inseguro y voluble, pues es desde estas lenguas desde donde existimos.

 

Enfrentar la otredad sin tener clara nuestra propiedad es caminar sin ver ni oír, es ofrendarnos al vacío.

 

La virtud del ser reside en nuestro idioma y se proyecta en la indumentaria.

 

¿Cómo es tu enagua y tu huipil?

Fotografía de Manuela López-Mateos Cortés.

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