Por María del Carmen Castillo.

 

 

Este martes sobrevolé Oaxaca, de la costa a los valles. Como lienzo arrugado, intervenido, fruncido y trabajado se me abrió un territorio lleno de montañas, viviendas y tonalidades verdes. Oaxaca es un huipil, pensé. Tiene grecas, remaches, patrones gráficos, abultamientos, costuras y texturas. ¿Quién la tejió?

 

Milenaria es la búsqueda de cobijo corpóreo, de guaridas que contengan nuestros cuerpos. Por eso nos refugiamos en cuevas o pusimos pieles sobre nuestros cuerpos desde el principio de los tiempos y así, nuestros ancestros fueron tejiendo su estar en el mundo, ideando distintas maneras para sobrevivir en él.

 

Es por ello que hablo de muros y huipiles en Oaxaca como narrativas que nos cuentan el paso del tiempo, que, si miramos desde la memoria adquieren sustanciales significados.

 

 

¿Hacia dónde voy?

 

La sacudida de los sismos de septiembre trazó un mapa de grietas en el estado. Grietas que no son solamente visibles en monumentos y viviendas, sino que son también sociales. La vulnerabilidad quedó instalada en nuestro ser y hoy más que nunca las palabras reconstruir, tejer y apuntalar son metáforas utilizadas para replantear nuestra existencia.

 

A un mes de lo acontecido, viajé a Tehuantepec junto con un colega. No sabíamos bien a bien qué haríamos como antropólogos allí. Sin visitar las viviendas derruidas, los hallazgos nos rebasaron. A través de la voz de las personas supimos que la situación era por más alarmante. Los movimientos telúricos les habían arrebatado una primera necesidad humana: la del techo, el cobijo.

Fotografía de Daniel Color, https://www.facebook.com/aspel.colorfull.

Se tambalean casas tradicionales cuyo levantamiento en otros tiempos fue la suma de sueños, trabajo, manos de abuelos mezclando tierras, ideas de patrimonio a heredar, cobijo que dar a los suyos. El hogar como espacio que reúne y sus muros como flancos que envuelven son las huellas de seres que antecedieron descendencias. Las fisuras están, los escombros ocupan corredores y sus habitantes miran las máquinas que estacionadas buscan demolerlo todo.

Fotografía titulada “Miedo”, tomada por Edgar Santiago el 8 de septiembre de 2017. https://www.facebook.com/edgar.santig.

 

Los constantes sismos van desnudando a los pobladores, pero cada vivienda antes de ser destruida puede ser remendada, evitando con ello la desaparición de memorias colectivas.

 

En Tlahuitoltepec, ja jëën ja tëjk ja kiipyi ja mu’xpï, el fuego, la casa, lo que te carga, lo que te arrulla o cobija son vocablos utilizadas para hablar del espacio doméstico, para hablar del hogar y ello está muy relacionado al fuego y por ende al sustento.  Cuando se ponen los cimientos, o sea los pies de la casa se hace un ritual que incluye ofrendas. Para ello se escoge el centro y ahí se depositan las ofrendas que incluyen sangre del sacrificio de aves, manojos de masa de maíz contados, tepache, mezcal, polvo de maíz, cigarros, flores y velas. La idea es pedir permiso para rascar la tierra, abrirla, como cuando se siembra. Ello nos deja ver que una casa es más que una estructura física.

 

Ahora bien, los textiles, que son también cobijo, representan al igual que las viviendas,  historias contadas, que en lugar de ser escritas con lodo y cal se redactan con hilos y aguja.

 

En San Juan Colorado cuentan que las abuelas aprendieron a urdir siguiendo el trazo que el viento dibujaba en el río y que de ahí vieron cómo tenían que pasar los hilos entre dos estacas para luego tramar su ropa. Las mujeres tacuates bordan los animales de sus nahuales y las ayuujk inscriben en cada tela su patrimonio biocultural.

 

Demoler viviendas y mutilar textiles es un atentado a la memoria que guardan muros y lienzos, ambos construidos y tejidos, tejidos y construidos en el trayecto de las distintas formas que tenemos de relacionarnos con nuestro mundo.

 

En el istmo, los textiles también tienen casa, esos exquisitos baúles que tras olores añejos resguardan prendas que han cubierto cuerpos de múltiples generaciones de mujeres. Ahí, las casas, los baúles y las ropas se heredan porque es una forma de permanencia identitaria, de resistencia de la memoria.

 

Hoy día se están abriendo esos baúles, las mujeres seleccionan la prenda más querida para resguardarla, lo demás puede, con pesar, comercializarse para sufragar el arreglo de sus casas agrietadas y volver a tener cobijo.

 

En el istmo, textiles y muros se dan la mano, porque sin importar la calidez de esas tierras, toda persona necesita abrigo.

Fotografía de Daniel Color. Web https://www.facebook.com/aspel.colorfull.

No tiremos muros que hablan, no demos tijeretazos a textiles que esconden códigos y que están siendo vendidos para retejer hogares. Hacerlo es borrarnos poco a poco del mapa, desdibujar nuestra historia, morir un poco más.